Sin pretender dar un cariz dramático o alarmista, es al menos razonable pensar que una vez más nos gana la improvisación, el desorden, la falta de criterio. El Paraná vuelve a mostrarse desafiante, y nosotros, pobladores naturales de su ribera, caemos en el error constante de no estimar su poder destructivo, que avisa, pero no sabe de tiempos de espera.
Cada vez que la creciente golpea a Corrientes la imagen se repite: familias enteras, en el medio de una situación socio-económica alarmante, pelean por salvar sus cosas, por salvar sus vidas mismas, ante la discusión de los poderosos que echan culpas ajenas y vuelven a actuar tarde y mal.
No se da respuestas, eso está claro. Pero si se da es tardía. Y no esperemos milagros. Si no hay respuestas, o la que se da no alcanza, es porque los funcionarios de turno son improvisados en lo suyo, y apenas conocen las costas cuando obligados por las circunstancias intentan dar alguna explicación…
…En ese contexto estamos destinados a presenciar una nueva desidia que provocará consecuencias imprevisibles, más aún en una época de ‘vacas flacas’ en la cuál no deberían malgastarse recursos.
En el medio el proceso político de transición que agranda el desconcierto. Los que ya están inundados ni siquiera tienen en claro hacia donde deben apuntar sus reclamos.
Unos y otros repiten la imprevisibilidad. No se hace nada. Y ahora se responde sobre el problema. Nunca un trabajo preventivo.
Y eso que el Paraná avisó.
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