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sábado, 2 de mayo de 2015

5º DOMINGO DE PASCUA

El vino es el fruto de la vid, alegra el corazón del hombre, es signo de la sangre derramada que presentamos en la eucaristía. Palestina debía ser un lugar de buenos vinos al menos por las comparaciones y dichos que aparecen en toda la Escritura. Nada extraño para sus oyentes, que Jesús diga: “Yo soy la verdadera vid”, pero dice algo más: “Y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto”. Es preciso volver a la cultura rural, quizás para terminar haciendo con los sarmientos una buena fogata en la que asar las chuletas, (como el pescado asado por Jesús al lado del lago) y beber el vino nuevo de la Pascua.


Recuerdos a parte, el Evangelio de hoy nos habla de intimidad de vida vivida en comunidad. Él es la vid y nosotros los sarmientos, hay una autentica unidad entre él y nosotros, podríamos afirmar que Cristo es la comunidad y que la comunidad es Cristo. El Padre es el viñador, el que corta los sarmientos para impedir que la energía de la comunidad se malgaste en tantas cosas que no tienen que ver con la vivencia del Evangelio. ¿Cuántas cosas hay que podar en nuestras comunidades y en nosotros: en el empleo del tiempo, en las ambiciones, el uso del dinero, la vanidad…? Aceptemos pues, la poda del Padre, sobre todo la poda del corazón, para que toda la energía del Espíritu, la savia de la vid, se transforme en frutos de amor.

“Permaneced en mí, y yo en vosotros”, permanecer en Cristo es unirse a la comunidad. Así lo atestigua la primera lectura de los Hechos: Pablo hace un gran esfuerzo para unirse y acercarse a la comunidad de Jerusalén y la comunidad elimina los recelos y se abre al miembro nuevo que quiere incorporarse. La no integración del miembro a la comunidad, y de la comunidad que no acoge al miembro, hace estéril la vid. El primer testimonio de la Pascua es una comunidad unida en Cristo, lo que no quiere decir que no exista diversidad de criterios. A todos nos cuesta aceptar esta misteriosa unión con Cristo en la comunidad, pero no tanto por los elementos teóricos, cuanto por las consecuencias prácticas. Aceptar que somos una única vid en unión íntima y estrecha con el Señor resucitado, nos obliga a cambiar nuestros cómodos esquemas mentales.

“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará”. No podemos decir que estamos unidos a Cristo si no hacemos caso a sus palabras. Nos unimos no a un sentimiento o a un Jesús hecho a nuestra imagen, sino al Jesús del Evangelio. Debemos conocer, escuchar, permanecer en el Evangelio y ponerlo en práctica, en lo que sentimos, decimos o hacemos, para no caer en el engaño de decir que estamos muy unidos a Cristo y a la Iglesia, pero a lo que estamos unidos es al follaje de una comunidad que solamente sirve para dar sombra, que necesita poda, para no vivir en lo que el Papa llama “La mundanidad espiritual”.

Se nos dice en “Evangelli Gaudium”: “La mundanidad espiritual que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y bienestar personal. Toma muchas formas, de acuerdo con el tipo de personas y con los estamentos en los que se enquista, por estar relacionada con el cuidado de la apariencia, no siempre conecta con pecados públicos, y por fuera todo parece correcto” (se pueden leer los números 93-101; 264-267; 281-283).

Si somos sinceros con nosotros, comprenderemos como nos dice la segunda lectura, que Dios es mayor que nuestra conciencia y ésta en ocasiones nos acusa: “no amemos de palabra y de boca, sino con obras y según la verdad”. “No nos entretengamos vanidosos hablando sobre lo que habría que hacer (el pecado del habriaqueísmo) como maestros espirituales y sabios pastorales que señalan desde fuera” (EG 96).El vino que en esta eucaristía se hace sangre, hace patente lo que se nos dice hoy, se nos exigen frutos. Mira a tu lado y encontraras hermanos unidos por la misma savia, la misma mística, el mismo Evangelio.