Páginas

sábado, 30 de mayo de 2015

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

La Eucaristía comienza, reconociendo con la señal de la cruz, que estamos reunidos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, “la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu” decimos después, está con nosotros. Podemos afirmar que el misterio de la Santísima Trinidad preside todas nuestras experiencias de fe desde el bautismo, nos dice el evangelio de hoy: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.


El Padre es creador: “Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, Dios creó al hombre sobre la tierra”, pero no sólo engendró la vida para sus hijos, sino que los alimenta y los cuida con cariño. Se mostró como liberador, pero no únicamente en la salida de Egipto, en toda la historia de Israel, como nos dice la primera lectura, buscó que su pueblo: “sea feliz, tú y tus hijos, después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre”. Por eso nosotros llevados por el Espíritu que es del Padre y del Hijo, podemos comprobar cómo dice San Pablo en la segunda lectura: “Que hemos recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre)”. Dios es nuestro Padre porque nos llama a la libertad, la madurez, la felicidad y la mayoría de edad.

El Hijo, es Dios para los demás, el que nos ha dicho como es el Padre. Es el camino concreto que nos recuerda cómo nos quiere el Padre y nos da la garantía de que lo que quiere Dios, su Reinado, es real. Permanecer unidos a sus palabras, su testimonio, su amor, es lo que nos conduce a ese Reino. Entregar la vida como hizo Jesús, que no es para guardarla, nos lleva a la felicidad y hace que otros tengan vida y vida en abundancia. Con Él somos coherederos e hijos: “Somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados”. Y sobre todo de Él recibe la Iglesia su misión para anunciar la Buena Noticia.

El Espíritu Santo es el que nos hace sentir la experiencia de Dios. El que vive bajo el temor, con miedo al castigo, en la norma, en la quietud, es difícil que llegue a la experiencia de sentirse hijo de Dios. Quien se deja conducir por el Espíritu, el espíritu del amor, de la reconciliación, de la unidad y de la paz, no puede menos que sentirse ante Dios como un hijo ante su padre. Es sobre todo en la realidad eclesial, la vivencia de la fraternidad, de la amistad, de la comunidad, como sentimos la presencia del Espíritu, que nos impulsa a sentirnos hermanos de Cristo e Hijos de Dios.

La Trinidad es comunidad y Buena Noticia. El hombre que busca a Dios, su crecimiento, su liberación…, puede encontrar en la historia y en su historia personal, su presencia como Padre/Madre que siempre está a su lado. Puede sentirse hermano de Jesús y de los demás hombres, porque todos somos hijos. Puede encontrar la felicidad, dejándose llevar por el Espíritu que es viento, que nos hace saber que no está logrado todo y que hay que seguir luchando, por el desarrollo de toda la humanidad y el nuestro propio.

No hay comentarios:

Publicar un comentario