Páginas

sábado, 9 de mayo de 2015

DOMINGO 6º DE PASCUA

“Porque Dios es amor” nos dice la segunda lectura. La resurrección de Jesús es el triunfo del amor de Dios. El amor consiste en que Dios nos quiere. Nos quiere antes de que podamos corresponderle. Nos quiere aunque no lo queramos. El amor de Dios es amor que lleva la iniciativa; “en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados”, es pura gratuidad que no necesita recompensa, ni reciprocidad.

 
Así debe ser el amor cristiano: “no sois vosotros los que me habéis elegido; soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure”. El fruto es el amor al prójimo, no podemos limitarnos a querer a los que nos quieren, ni querer para que nos quieran o nos lo agradezcan. La clave es que los otros son el rostro de Dios, están hechos a su imagen y semejanza, por eso hablaremos del amor a los enemigos. Y es que amar no consiste sólo en poner buena cara, repartir sonrisas, dar buenas palabras, no decir “no” a nada… amar consiste también en dar la cara por los débiles, alzar la palabra contra los poderosos, decir no a los opresores. En esto se funda la alegría que es fruto de la Pascua y del amor: “os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”.

Si hoy nos cuesta aceptar a Cristo resucitado es porque nos resistimos aceptar la alegría del amor. Si bien la aceptamos con los labios, en la práctica afirmamos lo contrario, ya que en muchas ocasiones cuenta más la fuerza, la astucia, la trampa, el dinero, los intereses… y la palabra “amor” se descubre como un adorno bello, que cuando se hace exigente: “nos amó hasta el extremo”, se abandona con algunas de las muchas justificaciones que todos nos hacemos: no se me pedirá tanto. Y sigue la machacona insistencia de Jesús: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Dar la vida. En muchos casos sería bastante con no quitarla, con dar vida, con ayudar a vivir, desviviéndose por los más pequeños.

“Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. Nos lo ha dicho todo, nos ha dado a conocer su secreto, nos hace sus amigos, podemos tratarle de tú a tú. El amor es la vida del hombre nuevo, su obra está cumplida. No sólo resucita Jesús, sino que nos resucita y nos invita a vivir la experiencia de abandonar el hombre viejo basado en el egoísmo y lanzarnos a vivir el “que os améis unos a otros”, que es la plenitud del hombre nuevo. En ocasiones, muchas de nuestras expresiones de fe permanecen huecas de contenido humano, si la fe no se asienta en el amor. Ahora podemos entender lo que dice Pedro en la primera lectura: “Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y práctica la justicia, sea de la nación que sea”. El amor de Dios es universal, es resurrección, es construcción del Reino.